Estaban allí alrededor de la mesa, el CEO, dos VP, finanzas, legal, y alguien externo cuya presencia nunca había sido realmente explicada pero siempre tolerada.
La reunión debía ser corta, cuarenta y cinco minutos, una alineación, un trámite obligatorio, y había comenzado con las restricciones, con el contexto, con esa manera elegante de hablar de todo excepto de lo que realmente bloquea.
Luego surgió la pregunta, casi anodina, planteada sin énfasis, anotada como un detalle operativo más

:
– ¿quién decide, concretamente, cuando dos VP no están de acuerdo?
Nadie respondió. Silencio. Nada dramático. Ninguna tensión visible. Solo ese vacío administrativo en el que todos suponen que la respuesta existe en algún lugar, pero no aquí, no ahora.
Se habló de procesos, de comités, de validaciones cruzadas. Entonces alguien reformuló, sin alzar la voz:
– entonces, nadie.
Esta vez, nadie corrigió.
La frase quedó ahí. Visible. Difícil de desplazar. Y todos sabían que, si permanecía, habría que decidir quién iba a perder algo.
La reunión se levantó diez minutos antes de lo previsto. El punto no fue registrado en el acta.
La reunión siguiente comenzó a la hora.